CONFIDENCIAS.
Por
Horacio Otheguy
«Aprovecha la ocasión», me dijo una voz envolvente durante un sueño, y desperté andando por zona inexplorada. «La muerte es otra cosa», insistió la voz y desde luego, muy distinta a cuanto las películas me han estado contando. Lo primero, sorprende descubrir que allí no hay actores geniales y tímidos espectadores sedientos de pasión: sólo amigos que conversan, ya sin necesidad de protegerse de los golpes de la vida, abandonados a la suerte de sus recuerdos y sus emociones.
ANNE BANCROFT, ETERNA SEDUCCIÓN
Imagen: Revista People.
Me zambullo en un sinfín de imágenes suyas para poder conectar y trasladarme allí donde esté.
Un sinfín de fotogramas en breves y largos papeles, en magníficas, buenas o interesantes creaciones.
Aquí, en el otro lado, no hay paisaje a la vista, ni gente, aunque parecen moverse grupos de personas a lo lejos. El ambiente se parece bastante a un escenario desvencijado en vísperas de ensayos. Me han dicho que debo insistir en verla actuar, en oírla a lo largo de la mayor cantidad de películas posible: «esta es la forma de entrar allí y de que pueda hacerte algún caso».
Ya escucho su voz aún lejana; de pronto, algo más sonora, una de sus variadas carcajadas, y de repente, susurros; inolvidable manera de susurrar decisiones incontestables, o imponer su deliciosa capacidad de seducción. Aparece y desaparece, no sé si por fallo técnico del lugar o por mero deseo de jugar, traviesa como ella sola.
Adquiere luminosidad un simpático primer plano: la veo tumbada en el suelo, entre almohadones, con un gran prismático enfocado hacia la Tierra. Sí, mira a su marido
Mel Brooks divirtiéndose de lo lindo, cantando y bailando a sus 83 años rodeado de guapas jovencitas medio desnudas.
Anne Bancroft se dirige a mí sin dejar de mirar al gran cómico del splastick, la comedia de las bofetadas y los tropezones.
«Mira qué feliz es, qué sano y divertido se le ve aún». Y ya le lanzo la primera pregunta ansioso, temeroso de que vuelva a desaparecer de mi vista esta maravillosa actriz infatigable y encantadora, dueña de mil y un recursos incluso en esta parte del universo.
Me causa gracia su generosa actitud para con el viejo Brooks y no puedo reprimir una pregunta elemental: «¿Ya tienes plaza reservada para tu chico?».
— Qué va, muchacho, por allí estáis muy equivocados… de ese tema no se sabe nada por aquí; es cosa rara, insólita casi siempre, no sé los demás, pero por lo que yo sé es una tontería pensar que la gente vuelve a encontrarse después de muerto; es que, tanto si es para bien como para mal, esto es otra cosa. No creo que volvamos a estar juntos, para nada, pero me gusta mucho verle disfrutar, y de momento parece que esto funciona porque cada vez que se me ocurre me instalo aquí y observo cuanto se me antoja. Y lo único que se me antoja es verle a él, mi gran amigo, mi gran amor… divertirse entre jovencitas, ese sueño tremendo de la mayoría de los hombres mayores.

Platicamos mucho tiempo en un lugar donde el tiempo parece no existir. A ratos conversamos en un viejo café de Broadway, a ratos en un parque bajo la lluvia, a veces entre anónimos paseantes, a menudo en medio de un silencio muy agradable, sin decorados. Anne apostilla:
«¿A que eso se parece a una obra moderna en la que no hay escenografía y cuanto sucede parece que no sucede; sí una obra extraña».
Su aspecto nunca es estático: sólo veo lo que yo recuerdo o imagino, no sé cómo está aquí en realidad; un aspecto de gran actriz, muy cambiante, sorpresivo y divertido con uno que otro susto, según la rapidez con que desfilan mis bancroft por mi mente.
Es una conversadora compulsiva, una dama curiosa, una chica audaz que ama el trabajo y la vida. A veces habla como un torbellino invadida por los recuerdos, casi siempre pacíficos, rara vez desagradables.
Anne Bancroft o el amor absoluto por interpretar a otras mujeres: siempre fuertes, desafiantes, insólitas y seductoras.
— Si no fuera por Mel, que se ocupaba de que no me faltaran estupendos guiones, en los últimos años de mi carrera recibía una enorme cantidad de basura, algo impensable 20 o 30 años atrás; sí, como lo oyes, se lo debo a él, a ese cómico desvergonzado e insolente con todo el mundo; fue productor de “El hombre elefante”, por ejemplo, y un gran asesor en otras que no producía; es que además de ser un gran hombre de teatro y cine cómico —el número uno, sin duda— es un fuera de serie en muchas otras cosas. Creo que hemos sido la pareja más original de este negocio de locos en el que tod
o el mundo se divorcia a la primera porque, claro, hay tantas tentaciones, tanta gente divertida, hermosa, sensual, joven, qué sé yo, todo el mundo enloquecido por encontrar a la pareja perfecta, sin darse cuenta de que lo perfecto es imposible; pero nosotros nunca temimos por nuestra unión: una unión en color by de luxe entre el héroe y su doncella. [Risas]. Somos tan distintos que nadie lo hubiera dicho, pero nos admiramos mutuamente desde el primer momento y desde entonces todos los focos de la armonía y la diversión sobre nosotros, y también sobre nuestro único hijo, el divino Max. — … ¿Y eso cómo ha sido posible?
— y qué sé yo, porque sí, a veces no hay otra que el porque sí, aunque quede feo y no se pueda decir en público [generosa sonrisa que se va borrando como si pensara en algo dramático], sí, la verdad es que hay muy pocas cosas que se pueden decir en público.
— Por varios motivos pero sobre todo porque se malinterpreta con facilidad y los medios de comunicación —que a mí me han tratado siempre bien, muy bien, y a lo mejor por encima de mis méritos— son en general muy peligrosos y a la primera de cambio ponen en tu boca palabras que jamás se te hubiera ocurrido decir.
— Bueno, usted siempre ha sabido mantener las distancias con elegancia y simpatía.
— Algo de eso hay, pero también hay que tener en cuenta que para un actor que ha luchado tanto como yo y que arrancó con fuerza gracias a uno de los papeles más difíciles del teatro… todo tiene un carácter de permanente interpretación. Sólo los muy íntimos saben cómo soy y quién soy, aunque también he decir que la simpatía con casi todo el mundo es algo que me sale con enorme facilidad.
— Siempre la he visto con un halo de misterio fascinante.
— ¿Incluso ahora, en plena noche y después de haber muerto de cáncer?
— Incluso ahora está usted hermosa: el aura que ha desprendido siempre como actriz, en grandes o pequeños papeles lo sigue manteniendo. Es usted muy carismática, muy fuerte, aun ahora, sí, en medio de la noche y muerta desde hace cuatro años.
— Vale, puedo comprenderlo. Aborrezco la falsa modestia, así que acepto el cumplido y comprendo que hay algo de razón: la interpretación es una suma de muchas cosas pero el impacto inicial con el espectador es lo que cuenta.
— ¿Puede decirme tres títulos clave en este aspecto?
— Los tres primeros papeles principales que hice. Nunca he vuelto a lograr semejantes desafíos: “El milagro de Ana Sullivan”, 1962,
porque muy joven, con menos de 30 años estrené en teatro algo tan tremendamente difícil como el papel de una mujer que se está quedando ciega y ha de educar a una niña ciega y sordomuda en estado salvaje. Un hecho real que obligaba a una creación diaria entre mi personaje y la niña. Fue un éxito enorme que me dio premios y muchas satisfacciones y que incluso la hice en cine donde conseguí mi primer Oscar, aunque luego me nominaron cuatro o cinco veces más, ya ni me acuerdo, es horrible lo mal que se pasa esperando un premio que no llega y el proceso va por dentro, oh, una cosa horrible que hay que afrontar con sonrisas a granel aunque matarías a los que no te votaron. [Risas].

— Tiene usted facilidad para sonreír: también son hermosas sus sonrisas.
— Eso porque no me has visto chillando como una loca en camisón por toda la casa de arriba para abajo. [Risas].
— ¿Las otras dos películas?
— Las siguientes: 1964, “Siempre estoy sola”, maravillosa pero hermética, oscura película británica en la que hice un gran trabajo como una neurótica a causa de un mundo poblado de hombres egoístas. Y luego, en 1968, el boom que me abrió tantas puertas: “El graduado” con el joven Dustin Hoffman quien también triunfó enormemente a partir de ahí.
— ¿Qué es lo que más le impresiona de
“El graduado” ahora mismo?
— Bueno, impresiona, impacta, no sé, ahora mismo lo que más me llama la atención es que se ha montado en teatro en los últimos años en muchas ciudades importantes, Nueva York incluida… y en todos los sitios utilizaron como efecto esencial el hecho de que Mrs. Robi
nson, la mujer casada que yo interpretaba, tan neurótica, tan sexy, tan cruel también, apareciera desnuda o semidesnuda: en algunos casos fue con desnudo integral y en otros con lo que la actriz se dispusiera a mostrar. Pues bien, no lo entendí. Es que yo sólo mostraba las piernas y causó sensación. Me parece que el poder del actor está en eso, precisamente, en los detalles y no en lo evidente. En la otra película, “Siempre estoy sola”, los conflictos sexuales eran algo muy presente pero tratado con mucha discreción. En este caso porque en esa época no se podía hacer mucho, pero me parece que la carga erótica es mucho más significativa cuanto menos se muestre, si se sabe hacer, claro. En esa película también aparecían mis piernas desnudas junto a las piernas desnudas de mi pareja: una parte de las piernas, con eso bastaba.
— Si me permite, yo también pienso lo mismo. He visto tres versiones de la versión teatral de “El graduado”, en topless, desnudo integral de frente y de espaldas, y siempre la eché de menos a usted: era fascinante y devoradora a la vez con muy pocos elementos, pero siempre fundamentales. Oh, santo cielo, por favor no se me desvanezca, necesito preguntarle algo más…
— Dese prisa, joven, porque yo no puedo hacer nada, aquí el telón cae en el momento menos pensado, no mando nada aquí. [Risas].
— Hizo un musical con su marido Mel Brooks, “Soy o no soy”: ¿se quedó con ganas de hacer más películas de ese tipo? Y qué me cuenta de “Buenas noches, madre”.
— Sí, lo pasé muy bien jugando con mi marido al musical cómico y teníamos planes para repetir, pero no fue posible hacer nada más. En cuanto a “Buenas noches, madre”, nunca me ha gustado esa obra teatral, aunque yo no la hice en teatro, y reconozco que me permitía mucho lucimiento. La cosa tiene miga, muchas contradicciones: mi personaje, el de una madre tremebunda y absorbente resulta, interpretado por cualquier buena actriz, más atractivo que su hija, su víctima: un fallo que, sin embargo, ha gustado a mucha gente. Pero yo no disfruté mucho con ello, pues notaba esa dificultad de cara al público, aunque resultaba muy interesante estar en la piel del monstruo con rostro humano, me ganaba todas las simpatías aunque debían odiarme. En fin, recomiéndela porque yo no estoy mal pero Sissy Spacek está maravillosa.
Y de pronto se desvaneció. No pude despedirme como hubiera querido, besando sus manos. Ni siquiera una última sonrisa. Anne Bancroft desapareció entre tinieblas; un mundo raro en el que, sin embargo, podían adivinarse luces de marquesinas teatrales a lo lejos y aplausos encendidos. Cuando estos aplausos empiezan a apagarse surge su imagen por cualquier esquina en una antología mágica de mujeres siempre fascinantes: auténtico placer recibir en pequeños o grandes papeles el estilo inconfundible de quien entre confidencia y confidencia, me dijo: «Muchas gracias, muchacho, por esta entrevista; con espectadores como tú una no muere jamás».

Imágenes:
http://storage.people.com/jpgs/19980511/19980511-750-109.jpg
http://i4.fcimg.com/CTV02/Comcast_CIM_Prod_Fancast_Image/45/848/1203365901292_22380_0020_290_210.jpg
http://images2.wikia.nocookie.net/muppet/images/e/ed/Anne_bancroft.jpg
http://img.thesun.co.uk/multimedia/archive/00479/mrrobinson_280_479414a.jpg
http://3.bp.blogspot.com/_FrcKYI1I67I/R7vqpitbXOI/AAAAAAAAATw/84ItD3M3Rss/s320/anne+bancroft+mel+brooks.jpg