30 de marzo de 2010

RECUENTO DE LA DÉCADA: 10 actrices principales favoritas.

Con esta entrega creo que finaliza el RECUENTO DE LA DÉCADA en cuanto a las categorías actorales (que supongo son las preferidas de muchos).

He decidido dejar para el final la categoría que, desde mi punto de vista, es la más apasionante.

Cada una de las mujeres seleccionadas en este grupo de diez es fabulosa y, en muchos de los casos, han brindado más de una actuación fuera de serie durante la década. Las diez finalistas también son actrices de alto calibre... y hay nombres que quedaron fuera pero que a mí me encantaron, como Sarah Polley en Mi vida sin mí, Catalina Sandino Moreno en María llena eres de gracia, Kristin Scott Thomas en Hace mucho que te quiero y Julia Roberts en Erin Brockovich.

Mi selección final incluye todo, actrices sobrevaloradas, actrices infravaloradas, personajes graciosos, personajes sin gracia alguna, mujeres de la alta sociedad, mujeres de clase baja, etc. y eso me gusta porque hay enorme variedad en mi lista.

... Y, mis diez actrices principales favoritas de la década son (en orden alfabético):

Joan Allen en Más allá del odio
La primera impresión que genera Allen en el protagónico de este correcto melodrama es que se encuentra dentro del selecto club de señoras que pueden elevar la calidad de prácticamente cualquier film. Allen es indisputablemente la más graciosa, interesante y sensual mujer enojada que he visto en mi vida. Más allá del odio es uno de los mejores ejemplos de cómo utilizar al cien por ciento el talento, la belleza y la agudeza de una mujer madura excepcional. En definitiva, Joan Allen, se confirma como una de las mejores – y más infravaloradas – actrices contemporáneas.
Drew Barrymore en Grey Gardens

Al igual que muchos, yo no me tomaba a Drew Barrymore tan en serio (me gustaba con moderación y me parecía que, como comediante, tenía un potencial no siempre bien aprovechado), hasta que la vi en Grey Gardens. Barrymore despierta a la grandiosa actriz que vivía en su interior para transformarse en la excéntrica prima de Jackie Kennedy, Edie Bouvier, y representarla desde su época de irresistible “chica dorada” hasta su ocaso como una inestable mujer madura sumida en la miseria de “los olvidados” de la alta sociedad.

Laura Dern en Ya no somos dos

Representar la brutalidad y las pasiones que afloran durante un matrimonio en crisis puede resultar muy de telenovela, sin embargo, Dern elimina todo atisbo de melodrama barato para configurar, valiéndose de una elocuencia admirable en sus gestos y expresiones, un personaje auténtico, potente, honesto y tan repelente como simpático… como un ser humano real.

Ashley Judd en Bug
La chica guapa y moderna de varios thrillers policíacos y comedias románticas desaparece para dar lugar a una mujer que pasa de la miseria al desconcierto y del horror a la alienación total en una de las apuestas más arriesgadas del cine de terror con connotaciones artísticas. Judd aparece tan imbuida en el papel que cada línea posee una resonancia especial y cada close up estremece y aporta interesantísimos elementos a su difícil personaje.

Melissa Leo en Frozen River
Lo que más adoro de Leo en esta película es que realmente no puedo olvidarla. Hay varias escenas específicas que recuerdo muy bien (por ejemplo, cuando dice “estoy cansada de que me roben”) y en todas, Leo, cautiva con su manera de absorber el papel, de vivir el drama de una mujer en una situación desesperada y de inyectarle humor en los momentos menos esperados. La impresión general que produce Leo es que no es una actriz en una película sino una mujer que realmente vive en una pobreza angustiante y es filmada segundo a segundo para un documental.

Con chispa, humor y naturalidad, Mol, logra el milagro de la transfiguración. Gracias a un retrato de Bettie Page (la pin-up girl más famosa del mundo), que no es solo físicamente convincente sino también asombrosamente humano, Mol crea un festival delicioso para los ojos y sustancial para las emociones.
Julianne Moore en Lejos del cielo
En este caso, Moore, se encuentra en un drama deliberadamente anacrónico, sin embargo, su actuación es efectiva y contemporánea. Los momentos en los que parece que habrá una rabieta, la querida Julianne, se revela como una actriz que domina el arte de contener el drama, de absorberlo, de vivirlo y de canalizarlo de manera vívida y magistral. Su retrato de una mujer de los años 50, quien descubre que su vida es como la de un hermoso pájaro encerrado en una jaula de oro, es apasionado sin descuidar la mesura que lo hace creíble y es inteligente sin soslayar el vendaval de emociones que lo alimenta.


Meg Ryan por En carne viva
Esta es la respuesta para quienes se preguntaban cómo es el lado oscuro de Meg Ryan. No a todos agradará ver a la rubia virginal de Tienes un Email en un papel tan diferente (aunque “diferente” aquí es un término que no basta) pero la realidad es que esa sensación de estar fuera de lugar hace que la presencia de Ryan, en un thriller con una carga erótica tan fuerte (el sexo se puede prácticamente oler en cada escena), sea una completa genialidad. Yo podría escribir varias páginas sobre las dimensiones, los matices y las provocaciones de la poderosa interpretación de Meg Ryan pero me limitaré a decir que nadie ha representado la urgencia sexual de una manera tan intensa, oscura, desgarradora y orgánica como esta menuda actriz, quien parece haber reencarnado en otro ser para protagonizar esta película.
Meryl Streep en Julie & Julia
Cuando supe que Meryl Streep interpretaría a Julia Child, ingenuamente me pregunté: ¿Podrá hacerlo?... Luego de ver la película lo único que puedo decir es: “Ya es oficial, no hay nada que Meryl Streep no pueda hacer… si me dicen que interpretará a Mussolini en la precuela de Inglorious Basterds, lo más seguro es que obtendrá su nominación al Oscar #17 por ese papel.”


Streep realizó una buena cantidad de actuaciones meritorias durante la década, no obstante, elijo Julie & Julia como mi preferida porque es la última y siempre tengo la sensación de que con cada nueva interpretación, Meryl, se supera a sí misma. En concreto, su personificación de Julia Child es prácticamente un hito... poniéndola en términos culinarios, es cálida y suave como la mantequilla, dulce como una manzana acaramelada y tiene ese gustito delicadamente sensual del condimento fuerte que en la medida correcta es una fuente de placeres inconmensurables para el paladar.
Uma Thurman en Ciegas de amor
Yo sé que el papel que definió la carrera de Uma Thurman durante la presente década es el de La Novia en la saga de Kill Bill (donde está absolutamente maravillosa… sin discusión admisible al respecto), sin embargo, hubiese preferido que sea el de Debby Miller en Ciegas de amor. En este pequeño drama de corte intimista, Uma, se entrega en alma y corazón a una experiencia tan tierna como desgarradora, encarnando a una mujer cotidiana, y a la vez compleja, quien busca el amor con tal desesperación que simplemente aleja las posibilidades de que éste se presente. La interpretación de Uma es de esas que hacen fluir las lágrimas en los momentos de introspección y dan cabida a las sonrisas cuando revelan los cándidos e idiosincrásicos matices de su personaje.


Mis diez finalistas son: Julie Christie en Lejos de ella, Glenn Close por En la cumbre, Julie Delpy en Antes del atardecer, Anne Hathaway en La boda de Rachel, Jessica Lange en Grey Gardens, Laura Linney en Cuenta conmigo, Anamaria Marinca en 4 meses, 3 semanas y 2 días, Parker Posey en Broken English, Michelle Williams en Wendy y Lucy, Evan Rachel Wood en A los trece.

21 de marzo de 2010

RECUENTO DE LA DÉCADA: 10 actores principales favoritos.

Quisiera que alguien me explique qué sucede conmigo en la categoría de actor principal... Los caballeros que he seleccionado como mis favoritos en este apartado son todos sensacionales pero en su gran mayoría interpretan personajes demasiado dañados y diametralmente opuestos al prototipo de héroe. A veces pienso que Gregory Peck y James Stewart jamás creerían que los héroes a la antigua - como ellos - ya no son los que dominan el panorama interpretativo actual.

La soledad de la senectud, el poder destructivo del alcoholismo, las garras de la pedofilia y la violencia sexual, son algunos de los tópicos que abordan las películas en donde actores talentosos nos han brindado caracterizaciones ejemplares durante la etapa comprendida desde el 2000 hasta el 2009.

Los papeles no han sido nada fáciles pero los resultados en estos casos han sido óptimos.
... Y mis diez actores principales favoritos son (en orden alfabético):


Kevin Bacon en El leñador
Bacon ha interpretado depredadores sexuales en otras oportunidades pero lo que hace en esta película es diferente. Él logra darle un giro humano al rol de un pedófilo que lucha por reinsertarse a la sociedad y nos conmueve cómo sobrelleva la marginación y su constante lucha contra sí mismo.


John Cusack en Alta fidelidad
La noción de un amante de la música que lleva adelante una de las últimas tiendas de discos de vinil - en esta época - es conmovedora. Cusack es perfecto para transmitirlo todo en una actuación que se siente real todo el tiempo, fresca como sus maravillosos diálogos en el film y divertida como la memorable banda sonora.

Michael Douglas en El rey de California
Yo pertenezco al club de personas que creemos que a Douglas no se le ha dado todo el crédito que merece como actor (sobre todo en esta última década) y por eso resalto especialmente su trabajo en esta pequeña comedia indie donde se mueve con maestría entre las delgadas líneas del drama y la comedia para crear un Don Quijote moderno e inolvidable.


Paul Giamatti en Entre copas
En la película hay momentos de humor explosivo así como instantes de marcada introspección, en ambos aspectos Giamatti no solo se consolida como un cómico talentoso y como un actor dramático solvente (al mismo tiempo) sino que logra esa conexión trascendental con el público y vende a la perfección la metáfora del vino y el paso de los años.

Joseph Gordon-Levitt en Piel misteriosa
La interpretación de Gordon-Levitt me partió el corazón.... Ya sé, ya sé que suena como un cliché pero solo quien ha visto la cruda, hipnótica, provocadora, intensa y valiente caracterización de este joven prodigio del cine indie puede comprender lo brillante y abrumador que es su retrato de un chico que conoció el sexo (y casi al mismo tiempo, su poder de atracción sexual) demasiado pronto.

Ed Harris en Pollock
Un gran actor personificando a un gran artista. Me encanta la obra de Jackson Pollock y me fascina la forma sensible e inteligente por medio de la cual Harris se aproxima al personaje absorbiendo sus gestos y exteriorizando de una manera muy poderosa sus angustias y, especialmente, esa fuerza autodestructiva que parecía estar siempre allí, en el aire que respiraba.


Richard Jenkins en El visitante
¿Cuándo no es genial Richard Jenkins?... Luego de muchos años de papeles secundarios y de carácter, finalmente llegó el momento de conducir de principio a fin SU película, con él como "el prota", "el principal", y yo no puedo estar más satisfecho con el resultado. Un hermoso, inteligente y sensible retrato de un hombre sumergido en la rutina cuya vida cambia de color con la llegada de un visitante.

Jack Nicholson en About Schmidt
Por el simple hecho de que Jack Nicholson sale de la burbuja en la que se metió cuando descubrió el irresistible poder de su propia persona para vender un personaje o una película, su actuación en esta cinta puede ser la segunda mejor de su carrera (lo siento, pero yo simplemente lo adoré en Five Easy Pieces) y eso es decir mucho.

Sean Penn en Mi nombre es Harvey Milk
El estilo por el que optó Gus Van Sant, para filmar esta película, exigía que los actores no parezcan actores sino personas reales y Sean Penn logra una transfiguración portentosa. No hay un solo momento de la cinta en el que yo no haya estado convencido totalmente de todo lo que Penn debía convencerme y, honestamente, me sentí conmovido e iluminado de principio a fin con el amor, el compromiso político y la integridad que le atribuyó a Harvey Milk.

Jürgen Vogel en El libre albedrío
Este drama alemán acerca de un violador compulsivo, contiene algunas escenas que seguramente fueron difíciles de filmar y, en general, el papel de Vogel es muy complejo pero de alguna manera milagrosa él consigue que lo acompañemos en un recorrido lacónico, deprimente y sin esperanza hacia una soñada redención que quizás llegue, o quizás no.

Mis diez finalistas son: Jim Broadbent en Longford, Nicolas Cage en El ladrón de orquídeas, Leonardo Di Caprio en El aviador, Ethan Hawke en Tape, Philip Seymour Hoffman en Los Savage, Anthony Hopkins en Burt Munro: un sueño, una leyenda, Karl Markovics en Los falsificadores, Bill Murray en Perdidos en Tokio, Ben Kingsley en Elegy y Michael Shannon en Bug.

12 de marzo de 2010

RECUENTO DE LA DÉCADA: 10 actrices secundarias favoritas.

Hay categorías en las que seleccionar a diez favoritos (o favoritas, en este caso) es una tarea casi imposible.
El apartado de actrices secundarias es un verdadero dolor de cabeza. Aquí no solo cuenta la cantidad de papeles femeninos secundarios interesantes que se han presentado en las películas desde el año 2000 hasta el 2009, sino la calidad de los mismos.
Hay leyendas del cine (Maggie Smith en Gosford Park), estrellas de Oriente (Tabu en El buen nombre), rostros conocidos de la TV (Marg Helgenberger en Erin Brockovich) y las revelaciones del nuevo milenio (Abigail Breslin en Pequeña Miss Sunshine), pero lamentablemente solo tengo diez espacios para destacar y diez finalistas para nombrar.
…Y mis diez actrices secundarias favoritas son (en orden alfabético):
Amy Adams en Junebug


Adams merece un lugar en mi lista por el solo hecho de que me convenció totalmente de que una persona así de inocente y optimista - como la embarazada sureña a la que interpretó - existe en el mundo. Ella es divertida, llama la atención enseguida, parece una niña adulta y la escena en el hospital es conmovedora.
Patricia Clarkson en Vías cruzadas

Moldea el personaje con estilo, le da un atractivo muy especial de mujer madura y uno puede entender su aflicción con solo observar su mirada en la escena en la que aparecen los niños jugando… Clarkson es simplemente espléndida y posiblemente LA ACTRIZ SECUNDARIA de la década por la gran cantidad de papeles secundarios en los que le robó escena a más de una estrella.

Laura Dern en Recount

El punto alto de Laura Dern es que su retrato de la Secretaria de Estado de Florida, Katherine Harris, no solo se parece mucho al personaje real sino que es una genialidad cómica en la medida que la actriz lo transforma en una deliciosa parodia que encaja de maravilla con el carácter de la producción.

Lisa Gay Hamilton en Nueve vidas

Ella hace suya la angustia de Holly. Su mente y su cuerpo están desgastados y quiere acabar con su sufrimiento. La presencia de Hamilton es a ratos incómoda, siempre es conmovedora y revela con una asombrosa perfección detalles no escritos de la historia de su personaje.
Daryl Hannah en Kill Bill Vol. 2

La sirena de Splash nunca en la vida ha estado mejor que aquí. La presencia de Hannah es mefistofélica y constituye un comeback explosivo. Ella es tan venenosa, sensual, peligrosa y maldita como la “California Mountain Snake” (su nombre clave dentro del D.I.V.A.S.) y es una digna rival para la protagonista.
Holly Hunter en A los trece

Mel no es una mujer muy inteligente, es una fracasada en casi todo lo que hace y lidia con un grave problema con su hija adolescente. Hunter es brillante, explosiva y literalmente rompe el piso representando la angustia de la miseria white trash e interpretando a esta mujer multidimensional.

Virginia Madsen en Entre copas

La sencillez y belleza de Maya (su personaje en la película) se manifiestan de adentro hacia fuera y enamoran no solo a Paul Giamatti sino a todo el público. Madsen es fantástica y resume en su actuación el encanto del film pero, sobre todo, ese monólogo acerca del vino es un “tour-de-force” y uno de esos momentos que te tocan el alma cuando ves una película.
Frances McDormand en Amigos con dinero


En medio de un elenco de actrices excelentes, McDormand, se convierte en el corazón de la película y da en el clavo al momento de generar los momentos más cómicos, memorables y delirantes de la misma, dando vida a una mujer atravesando por los locos desequilibrios de la menopausia y las exigencias de la vida urbana moderna.
Carrie-Ann Moss en Memento

La película es rara y las energías de Nolan parecen estar más encaminadas a los vericuetos del guión pero, dentro del reparto, Carrie-Ann Moss es un éxito total. Ella es una actriz con un rostro expresivo y poco convencional. Moss se sirve de esto para representar a una mujer cautivante, manipuladora y maquiavélica.

Uma Thurman en Tape

En condiciones deliberadamente rudimentarias consigue crear un personaje completo, una mujer resuelta atrapada entre el presente y el pasado pero lo suficientemente lista como para ganar en el juego que le proponen. Cada close-up es emocionante y revela algo nuevo. Cuando no está en escena los personajes hablan sobre ella y cuando finalmente aparece, Thurman, se apodera de la película y cada gesto, cada frase es un hit tras otro.

10 finalistas:
Shohreh Aghdashloo en La casa de arena y niebla, Emily Blunt en El diablo viste de Prada, Joan Cusack en La escuela del rock, Hope Davis en American Splendor, Taraji P. Henson en Hustle & Flow, Kelly McDonald en No es país para viejos, Saoirse Ronan en Expiación, Gena Rowlands en Ciegas de amor, Meryl Streep en El último show y Tabu en El buen nombre.
P.D. Aquí coincido un poco más con el Oscar. De mis diez favoritas, tres - Adams, Madsen y Hunter - estuvieron nominadas por los papeles que escogí. Pero coincido más con los Independent Spirit Awards, pues cinco - Adams, Madsen, McDormand, Moss, Thurman - de mis diez favoritas aspiraron a ese galardón.

4 de marzo de 2010

LAS DIRECTORAS.

La razón por la cual he demorado más de lo normal en actualizar mi blog se debe a que mi monitor se dañó.
Aunque todavía no he solucionado el problema, he aquí una pequeña entrada conmemorando marzo, el mes de la mujer, con una lista de cinco películas dirigidas por mujeres que a mí me fascinan:
The Notorious Bettie Page de Mary Harron. Razones para verla: El colorido de la película, la atmósfera retro y la sensacional actuación de Gretchen Mol.


Ciegas de amor de Mira Nair. Razones para verla: Una historia intimista muy bien dirigida, con Uma Thurman, Juliette Lewis y Gena Rowlands (tres de las actrices más interesantes, por diferentes motivos, ever).

En carne viva de Jane Campion. Razones para verla: Meg Ryan nunca en la vida ha estado más extraordinariamente brillante que aquí y Jane Campion es una "campiona" a la hora de hablar de sexo.


Frozen River de Courtney Hunt. Razones para verla: Un thriller que te mantiene al filo del asiento con Melissa Leo en su primer papel protagónico (luego de más de 30 créditos como actriz de carácter), por el que obtuvo una merecidísima nominación al Oscar el año pasado.

High Art de Lisa Cholodenko. Razones para verla: Las imágenes poseen bellas texturas, es provocadora e inquietante y Ally Sheedy brindó la mejor actuación de 1998 y posiblemente la mejor de los años 90.

Espero que les haya agradado esta selección de cinco películas independientes de gran calidad. Si no han visto alguno o algunos de los títulos mencionados, se los recomiendo ampliamente.

Un cordial saludo y gracias por visitarme.

16 de febrero de 2010

RECUENTO DE LA DÉCADA: 10 actores secundarios favoritos.

Ningún recuento de la década puede pasar por alto el tema de los actores y una de las categorías preferidas es la de los personajes secundarios.

Los últimos diez años nos han brindado una galería de personajes impresionantes. Hemos tenido tipos duros y chicos tiernos, en general una gran variedad de papeles desarrollados con talento y dignos de mención en este apartado.

La gama de caballeros destacados en esta categoría es realmente amplia pero si debo elegir mis diez preferidos, éstos son (en orden alfabético):


Yvan Attal en Bon Voyage
Inmerso en un elenco estelar de grandes figuras del cine francés, Attal, consigue llamar la atención. Me atrevería a decir que se roba casi todas las escenas en las que aparece con su carisma y vende la imagen de tipo astuto y buena gente a la perfección.
Alec Baldwin en No es tan fácil
Lo más probable es que la interpretación de Baldwin en este entretenimiento menor pase desapercibida pero la verdad es que desde 30 Rock lo Baldwinesco de Alec nunca estuvo mejor utilizado que aquí, donde demuestra un encanto cínico maravilloso, capacidad para la comedia fina y una gran química con Meryl Streep.

Jim Broadbent en El arte de estrangular
Si alguien me pidiera que le explicara el nihilismo con una imagen, la imagen que yo utilizaría sería sin duda Broadbent en esta película. La actuación es sensacional, es más grande que la película en sí y te acompaña hasta bien pasados los créditos finales.

James Franco en Mi nombre es Harvey Milk
Franco personifica a un ser tan fresco y amoroso que sencillamente es imposible no comprender porqué el protagonista de la película lo amó toda su vida. Franco hace que las líneas suenen reales y su actuación es tan natural y sincera que ni siquiera me acuerdo de que es el actor de otras cintas no tan buenas.

Ed Harris en Las horas
La verdad es que a mí me gustó mucho la película en general pero viéndolo en retrospectiva, ¿no es Ed Harris lo mejor? Yo diría sin miedo que sí, él expresa las emociones más profundas con una ferocidad que hace que las escenas no solo funcionen a la perfección sino que compelen, repelen, provocan las reacciones más puras.

Richard Jenkins por En tierra de hombres
En una cinta donde la imagen de los hombres está presentada bajo un prisma maniqueo, la actuación de Jenkins es un alivio. Él no representa a un estereotipo sino a un ser humano y con los pocos minutos que tiene en pantalla logra crear un exquisito retrato de un hombre convencional que cambia su manera de pensar.


Val Kilmer en Kiss Kiss Bang Bang
A estas alturas la carrera de Kilmer se encuentra bien resentida pero para quienes quieran un buen recuerdo de él, su actuación en esta comedia negra es un completo deleite. Kilmer se revela como comediante fino, es cool, es divertido, es fabuloso.
Tobey Maguire en Jóvenes prodigiosos
En términos de casting la elección de Maguire en este papel es una genialidad. Él simplemente encaja en el rol de geniecillo/geek/gay de manera sensacional. Es muy divertido y a veces da miedo lo bien que se imbuye en el papel, es algo profundo y especial.
Joaquin Phoenix en La otra cara del crimen
Phoenix estuvo increíble en Letras prohibidas y en Gladiador, pero aquí sobrepasa las expectativas porque el rol está hecho a su medida. Él tiene una impresionante carga de malicia cuando entra en escena, su presencia representa la amoralidad a la que la historia alude durante todo el metraje y el sabor que deja es memorable.
Stanley Tucci en Julie & Julia
Tucci es el actor secundario emblemático con su relajada interpretación de esposo abnegado. Él sirve como un apoyo y un muro de contención para la energía desbordante de Meryl Streep y la verdad es que sus ojos solo transmiten amor. Tucci no en buena sino en excelente forma, absolutamente brillante.

Y ya sé, diez actores es muy poco pero simplemente no puedo enrollarme en una longaniza así que he aquí mis diez finalistas: Héctor Alterio en El hijo de la novia, Philip Bosco en La familia Savage, Bobby Cannavale en Vías cruzadas, Steve Carell en Pequeña Miss Sunshine, Jeff Daniels en The Lookout, Ben Gazzara en Ciegas de amor, Bob Hoskins en Mrs. Henderson presenta, Mark Ruffalo en Puedes contar conmigo, J.K. Simmons en Juno y Christoph Waltz en Bastardos sin gloria.
P.D. Al finalizar de escribir esta entrada me he dado cuenta de lo divorciado que estoy de la Academia (y su premio Oscar), al menos en esta categoría. De mis diez caballeros favoritos solo Harris estuvo nominado al Oscar por el papel que escogí y de los diez finalistas únicamente Waltz. Debo aclarar que no fue a propósito.
P.D. 2 Y si les interesa saber cuál sería mi orden de preferencia, hmmm... creo que sería: 1. Harris, 2. Broadbent, 3. Franco, 4. Jenkins, 5. Maguire, 6. Tucci, 7. Phoenix, 8. Attal, 9. Baldwin, y 10. Kilmer (pero este orden puede cambiar en cinco minutos, los diez son fantásticos).

9 de febrero de 2010

CONFIDENCIAS IV

CONFIDENCIAS
Por Horacio Otheguy


«Aprovecha la ocasión», me dijo una voz envolvente durante un sueño, y desperté andando por zona inexplorada. «La muerte es otra cosa», insistió la voz y desde luego, muy distinta a cuanto las películas me han estado contando. Lo primero, sorprende descubrir que allí no hay actores geniales y tímidos espectadores sedientos de pasión: sólo amigos que conversan, ya sin necesidad de protegerse de los golpes de la vida, abandonados a la suerte de sus recuerdos y sus emociones.


AUDREY HEPBURN,
Dime que me amas


Llevo muchos días visitando a amigos comunes, viendo sus películas, recorriendo las penas y alegrías de esta flacucha de hierro; envío diversos mensajes en toda clase de ceremonias para acercarme a la maravillosa protagonista de Desayuno con diamantes, sin suerte alguna, hasta que algo fuera de lo normal se me echa encima para hacerme sentir especialmente extraño; no sé si estoy a punto de encontrar el camino hacia el paraíso de la divina o todo lo contrario, pero lo cierto es que me «encuentro» con una palabra, no con una persona. Y no sólo eso: es una palabra que la escucho en distintas voces que no conozco de nada, y la leo en todas partes; se entremezcla en cualquier lectura, en el espejo del cuarto de baño, en el azulejo de la ducha, en el de la cocina.


Por todas partes el mismo vocablo: monkey.


La nombran voces de gente muy anciana, al borde del último suspiro, y también voces infantiles: un montón de chicos correteando y burlándose no sé de quién ni de qué, aunque me parece que se mofan de mí, pues cuanto menos comprendo yo, más se divierten ellos: monkey moonkeyyy; me doy por vencido, no busco más, abandono. Indignado, me pregunto qué tendrá que ver el significado de esa palabreja —mono— con semejante belleza. Me digo que esto es muy ahh, ahhhh o mero ah. Me digo que por algo será que las iniciales de la star conforman ese suspiro, o el Ah de sorpresa por estar a punto de descubrir algo insólito.

Encanto y crueldad

No hay manera de dar con la bella mujer madura que antes de padecer los golpes más duros de su vida hizo tres películas que siempre me han rondado por sus peculiaridades extracinematográficas: Robin y Marian (1976), al servicio de la decadencia del héroe del bosque de Sherwood, un desvencijado Robin Hood en una gran película en la que Audrey sólo sirve a Connery y a la historia, pero carece de personaje, está para dar vidilla a la triste historia y para que sus encantadoras lágrimas nos emocionen con excesiva brevedad, todo demasiado «de paso». Después estuvo varios años sin hacer nada, hasta 1981 en que reaparece porque su gran amigo Peter Bogdanovich la reclama para Todos rieron, una comedia agridulce, coral, en la que su melancólica belleza se pasea sin garra ni destino. Y en el 89, Always. Posiblemente la peor película de Spielberg, pero con una gran idea: incluye a Audrey Hepburn en el papel de ángel cuando le quedan poco años de vida. Un guiño, más que una colaboración especial, un abrazo muy tierno para quien ya era embajadora de UNICEF y se sabía enferma. Moriría cuatro años después.

Va y viene su sombra, su calidez, su sensualidad, pero no la encuentro por ninguna parte. Monkey monkey monkey: un tiovivo, una canción, una danza infatigable. Me rindo. Estoy agobiado por el vaivén de sus imágenes, de la encantadora seducción de una de las actrices mejor pagadas de la historia del cine que detestaba la publicidad, huía de la prensa y de toda ostentación; colaboraba cuanto podía con organizaciones humanitarias y se enamoraba de hombres mucho mayores que ella; nunca creyó que de verdad tuviera talento: «Siempre he sido un instrumento de escritores y directores, sin ellos no sería más que una actriz del montón».

Envejeció prematuramente. Con 60 años parecía tener más de 70. Al final de sus días, una tristeza profunda, una impotencia feroz frente a los desastres del mundo. Visita países de América Central y del Sur y de África, por todas partes miseria y destrucción, consecuencia de años de conflictos armados; el tener en sus brazos a niños moribundos hace que afloren los extremos emocionales habituales en su vida: la depresión y el afán de superviviente; fue una extraordinaria colaboradora de UNICEF, una mujer que se entregó por completo, que investigó, que hizo cuantas gestiones estaban en manos de una actriz muy popular, constantemente acosada por la prensa. Lo aprovechó todo a favor de la causa por ayudar a los más necesitados del mundo, se mostró fuerte, decidida: «No hay nada que no podamos hacer». Pero el proceso iba por dentro, un niño muere de hambre en sus brazos; no puede más, incuba una dolorosa enfermedad que acabará con su vida con sólo 63 años: «Nos enfrentamos a un mundo terrible en el que la avaricia y el abuso de poder marcan a fuego a millones de seres humanos desesperados».

Había vivido con una sensación de sobrar, de estar demás, de no funcionar, de que la cosa no iba con ella, de que el éxito no le correspondía, no le pertenecía. Una sucesión de emocionantes paradojas en la vida de esta aristócrata, hija de una baronesa holandesa desafortunada y severísima, y de un padre dado a diversos oficios después de ser un banquero en caída estrepitosa: Joseph Victor Henry Ruston era encantadoramente cruel: encanto y crueldad que amargarían la vida de su hija agasajada por la buena fortuna.

La casa del ángel

Nace en Bélgica, crece en Holanda y acaba adquiriendo la ciudadanía británica de su padre para vivir en diversos países. Pasa muchas dificultades durante la ocupación alemana y forja un carácter de joven abierta al mundo, generosa y muy sensible, aunque en casa le prohibieran llorar y reclamar nada.


A los 6 años el divino papá Ruston abandona el hogar para siempre: un hombre que ella adora pero que nunca le hizo caso; un ser invisible siempre a la cola, detrás de dos hermanastros varones.


Ha de enfrentarse a un mundo duro con buenas armas académicas que consiguen pagarle su madre y su abuela materna: colegio de primera, educación políglota, capacidad de trato social con todas las clases, y fortaleza para afrontar el hambre, la lucha por la vida, y comprender no sin vergüenza por qué sus padres fueron fascistas en los esplendorosos comienzos del nazismo.


Aún adolescente empieza a trabajar como actriz. Un boom tras otro aportando al mundo un dechado de elegancia y fascinación, pero ahora, de pronto, me mareo, pierdo el control, recibo una invasión de imágenes contrapuestas; perdonad, queridos lectores de EL TICKET, es un cambio repentino, una situación inesperada; ahora, ¡cielos!, ahora encuentro ante mí un rostro centenario cubierto de lágrimas.


Irreconocible, no puede ser ella, o sí, sí lo es, cuanto más llora menos años tiene, reduce el tiempo para que logre reconocerla: una sonrisa misteriosa de la que brotan lágrimas. La cara empapada de lágrimas, un rostro deformado por el llanto: no es Angel face, carita dulce que canta y baila, no tiene nada que ver con el llanto final de Marian, o el de la jovencita de Guerra y paz, o de la maestra que llora la destrucción de su gran amiga en La calumnia, no, qué va, aquí no hay iluminador ni maquillador que se trabajen la elegancia del buen llorar, la dosis adecuada de melodrama, la belleza del dolor. No, este es el sufrimiento sonriente que sucede en un estallido de emoción que se cree solitaria. Sin espectadores. Como cuando se llora en el vértigo de la desesperación y no hay nadie más que uno mismo para darse consuelo y tomarse de la mano.

Y sin embargo esta tristeza explosiva transmite paz.

Se deslizan por el espacio las imágenes de sus películas y veo sombras de espectadores y a lo lejos niños que corretean con el monkey monkey y ella que no para de sonreír y llorar en un río de lágrimas imparable, demasiado largo y afeado para una película, exageradamente vivo y a la vez tenebroso para tratarse de un hecho real. El misterio empieza a desvelarse: al fin estoy en su reino mortal y sale corriendo para que yo la alcance: da volteretas, hace la payasa como solía en sus ratos de euforia o en los juegos inventados para sus dos hijos, esa pasión de ser madre que la alejó del cine y el teatro durante 8 años. Qué cosa, qué bien me siento yendo tras ella y dejando que el monkey monkey deje de importarme, y yo mismo formando parte de los fantasmales espectadores que disfrutan pasando de una película a otra, de un personaje a otro, y también callando, dejando que su espíritu y sus imágenes me cuenten cosas, confidencias sin interrogatorio.


Audrey Hepburn tiene muchas edades y personajes en este territorio, pero sobre todo caminos sin rumbo, cuyo destino se ignora.


Entra y sale por sus películas. Irrumpe en ellas y se ríe de sí misma, se pone bigotes de colores en la «reinona» del final de My fair lady; muestra los excitantes encuentros con Albert Finney en Dos en la carretera, pero no los de la película sino los que sucedían detrás de las cámaras, cuando los jóvenes actores se amaban fogosamente; y pasa de largo por su mayor creación dramática en Historia de una monja, y entonces deja de jugar, se vuelve a emocionar como la primera vez en la escena capital en la que debe decidir si seguir o salir al mundo, si continuar con el habito monacal o vestir las pobres ropas de la mayoría de las mujeres.


Pero luego vuelve a corretear, a llorar y reír en libertad, ya sin padres exigentes que no saben demostrar su amor.


La libertad se eleva como en una montaña rusa para descender vertiginosamente y lograr imponer un inédito sosiego. Así reaparece ese tremendo primer plano de rostro deformado por las lágrimas en el que se abre camino una sonrisa.


Me deja solo.

Escucho su voz lejana cantando una de sus canciones preferidas. Sus pies aparecen por un extremo. Sus manos por el otro. Ahora cuerpo entero con ligero vestido de colores claros. A su espalda, William Holden. Los dos están radiantes, tal y como se conocieron y amaron en Sabrina. El atractivo caballero 11 años mayor, que le divierte y agasaja y se exhibe tan feliz que incluso a su lado deja de beber, no parece tener 36 años sino la misma edad que ella: excelente actor, profesional impecable excepto cuando bebe y olvida la letra, las indicaciones, hasta el nombre de sus muchas amantes; pero con ella es diferente, Bill es un amante ejemplar dispuesto a divorciarse para casarse con Audrey. Y ella está entusiasmadísima con el sueño de tener muchos hijos y retirarse para siempre de una profesión que le divierte pero que le da igual; pasean, se aman, se gozan y divierten y la hermosa muchacha no pierde ocasión de hablar del hogar, de cómo le esperaría en casa rodeada de niños, de cómo le preguntaría muerta de celos si besó de verdad a la bella de turno, si se acostó con ella, si la deseó, si aún la quiere, si seguirá dándole hijos y ampliando la casa para recibir a sus amigos y familiares: «Siempre he considerado que crear una familia es lo más importante del mundo. No creo que haya nada tan emocionante como crear una familia con amor y buen humor: precisamente todo lo que a mí me faltó».

Camino de luz

Pero el bueno de Bill Holden calla el peor de sus secretos: era verdad que estaba dispuesto a divorciarse, pero callaba que era estéril; después de tener dos hijos con su esposa se hizo una vasectomía. Hepburn dejó de ser sweety Audrey: se convirtió en una mujer despiadada. La había engañado; le permitió disfrutar de cada momento, ilusionarse, compartir con él su proyecto de ser madre en medio de un silencio que escondía la peor de las mentiras: le hacía el amor y la elevaba a un éxtasis hasta entonces desconocido con una ilusión que nunca podría hacerse realidad. Como su padre, otro hombre mayor dispuesto a destruirla.


Desde entonces no volvió a dirigirle la palabra, será por eso que aquí le quiere tanto: que corre a sus brazos encarnando diversas edades: se aman con 18, 30, 60 años: en todos los casos ríen y hacen el amor. Se gustan y admiran en esta soledad fascinante en que los seres son puro sentimiento: no hay éxitos ni fracasos, sólo el amor que sean capaces de construir.


Audrey Hepburn
se aleja por un momento de los brazos de Holden y marcha a visitar a Cary Grant, quien la enamora peinando canas en Charada, «con una vitalidad y un espíritu juvenil fantásticos»; en un alto del rodaje le toma las manos y le habla en voz baja, directo al corazón: «Sería interesante que hicieras el esfuerzo de quererte un poco más, Audrey, eres maravillosa». Pero ella no estaba preparada para ello, no lo estuvo nunca, aunque ahora sí, aquí sí, parece que sí, por eso besa la frente de Cary Grant y se marcha dejando a sus espaldas esa comedia sensacional que, como todo en el cine, posee el don de no perecer nunca.

Vuelve a Holden y de su lecho va a la compra, selecciona en el mercado los mejores productos que ella misma cocina mientras los 6 hijos que no pudo tener en vida juegan al balón, al tenis, cantan y bailan. Holden ya no bebe ni se vuelve loco con cualquier chica que pase a su lado; aquí encarna personajes sin público que le aplauda: ladrón, policía, paracaidista, hombre lobo, vampiro… todos papeles compuestos sólo para que ella le admire y luego le ame entrelazada a su cuerpo como a un dios que a su vez no para de adorarla.

Y por la tarde, Audrey corre al encuentro de un hombre que la abraza con ternura y le hace bromas y le pide algo rico de postre y esto y aquello otro y eso de más allá; es su padre, el temible señor que sólo atendía a sus hermanastros, pero ante quien a poco que la mirara ella se derretía, se sentía en el séptimo cielo. «La desaparición de mi padre cuando tenía 6 años fue terrible. Me marcó para siempre, porque siempre temí el abandono de mis seres queridos y busqué en mis parejas a un padre. Todos mis maridos interpretaron el papel de mi padre; en cuanto dejaban de tener influencia paternal sobre mí se divorciaron; más que parejas fueron productores, agentes, asesores: especies de padres, mientras yo buscaba desesperadamente al padre verdadero que sólo apareció cuando fui interna en un colegio. Entonces cada tanto pasaba a visitarme. Apenas unos minutos. Siempre seco, de paso para hacer alguna gestión. Hasta que nuevamente se hizo humo. Luego envejecí buscándole por todas partes. Ansiaba tener noticias suyas. No me conformaba. Pasaron muchos años hasta que a través de Cruz Roja lo encontré. Fue decepcionante».

La gran actriz, rica por su propio trabajo le mantuvo hasta sus últimos días con más de 90 años: le pagó una suculenta mensualidad y una sociedad médica privada. Él no se lo agradeció jamás.
Ya muerta, la fiesta es completa: del amor imposible de juventud con Bill Holden, aquí hecho carne y ensueño, pasa con facilidad a visitar a su padre, un hombre encantador que no para de agradecerle su visita y de hacerle bromas. Nunca le explica por qué de niña, cuando era tan hosco y frío, sólo le divertía llamarla Monkey Puzzle: algo que ella nunca entendió.

Monkey puzzle, tal el nombre de un enrevesado juego y también de un árbol muy delgado y muy alto de la Cordillera de los Andes con una copa de ramas preciosas donde no se concentra la nieve; muchos MP forman un bosque espléndido por donde se filtran rayos de un sol en color by de luxe.

Y por separado, tenemos un monkey que además de un mono también es un diablillo, un pícaro golfillo… pero aquí, en este paraíso, el conjunto es un Monkey Puzzle Audrey, o sea, una jubilosa pieza para amar y no un juguete para armar: desde entonces ya está en paz, ya agasaja a su padre y es agasajada por él, y cuando lo deja corre a su gran familia llena de hijos con Bill Holden, y a menudo se dice a sí misma «Cielo santo cómo es posible tanta felicidad sin peligro de perderla, sin miedo de perderme, sin las noches horrendas en las que me sentía como Susy, esa pobre ciega acosada por un asesino».
Sola en la oscuridad.

Tal el título que alberga a Susy, ciega por accidente, más fuerte que una chica sana: un espíritu indomable, «la campeona de las mujeres ciegas», que con ingenio y valentía ilimitada hace frente a peligrosas situaciones.


Aquí puede vagabundear en la oscuridad, hallando siempre luz y una vigorosa manera de sentirse plena. De un buen amor a un buen padre y nunca víctima de alguna encrucijada; gozando de momentos estelares en los que puede llorar intensamente, permitiendo que su esbelto rostro se deforme por el llanto para luego permitir un sinfín de preciosas sonrisas. Es su manera de consagrarse a la felicidad, mientras Holden la espera bajo la ducha, sus chicos juegan felices en el parque y su padre le tiene preparado un regalo que no espera: un Monkey Puzzle que él mismo acaba de fabricar para ella, el único juguete del mundo que sólo tendrá su adorada hija.


Es una caja muy grande envuelta en papeles de muy variados colores. En cuanto la toca lanza fuegos artificiales inofensivos, sin riesgo de quemarse; aquí todo es magia, dulzura extrema, encantamiento sin riesgo de excesos; dentro del gran paquete hay otro y otro más y luego otro, cada uno más hermoso que el anterior por formas y colorido y al final una caja pequeña que al tocarla crece y se transforma en un globo aerostático con los colores del arco iris con sitio para ellos dos que ascienden mágicamente rumbo a un cielo inexplorado: padre e hija se abrazan para soportar juntos el vértigo, el miedo, la aventura de vivir después de muertos.


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